jueves, 6 de septiembre de 2012

Con la A de Aroma


Aquellos pequeños ojos, oscuros y perfectamente redondos, me miraban con absoluta devoción. Yo me sentía importante y me dejaba tocar sin rechistar. Sus manos, suaves y aterciopeladas, me masajeaban sin descanso. Ella se había encaramado a un tronco de madera, pulido y barnizado, que hacía las veces de taburete. Tal era el entusiasmo de la pequeña criatura, que permití que ésta me untara con un líquido pegajoso que, me aseguró, iba a dejarme un tono mucho más dorado y brillante. No me importó que me pusiera unos cuernos bien grandes. Los cuernos era con diferencia lo que más le gustaba a Enma. Supe que se acercaba el momento de la sauna. Ella abrió la puerta y el calor comenzó a escapar y a llenar la habitación de una sensación muy agradable. Yo esperaba pacientemente. Desde mi posición veía la campiña por la ventana. Acababa de llover y un tímido arco iris caía del cielo y se apoyaba al fondo, encima de las últimas amapolas de la temporada. Enma me acompañó hasta el pequeño habitáculo, me acomodó dentro y cerró la puerta. Yo observaba su carita a través de la puerta acristalada. Su expectación era máxima. Arrastró una silla desde la mesa de la cocina y se sentó frente a mí a esperar. Sus piececitos no llegaban al suelo y se balanceaban nerviosos hacia delante y hacia atrás. Casi no pestañeaba.

-Enma no hace falta que estés ahí sentada-, dijo su madre mientras limpiaba todo lo que ella había esparcido para la ocasión. –Ya te avisaré yo cuando esté listo-.

-¡No! Aquí estoy bien. ¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo!-, gritó con su cantarina voz infantil.

Decidí hacer su espera más llevadera y lo impregné todo con mi irresistible aroma a croissant recién hecho.

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