lunes, 25 de febrero de 2013

Con la L de Lejanía

lejanía

Querido Paolo,
Cuando te fuiste, cuando cogiste aquel avión que te alejaba para siempre, incluso antes, cuando me comentaste tu decisión de marcharte, con esa claridad que desprendían tus ojos y esa calma en tus palabras, justo en ese momento, supe que ella me perseguiría sin descanso noche tras noche y día tras día. Pero me sentí incapaz de decírtelo, de exponerte mis temores, de cortarte las alas y truncarte eso que llamabas tu gran oportunidad sólo por no saber encararme con aquella oportunista y despiadada fémina. Fui plenamente consciente de todas las estrategias que ella iba a utilizar, porque ya nos conocimos hace años, cuando estuviste destinado medio año en Perú. Tampoco entonces te comenté nada sobre ella, de los diversos encuentros que mantuvimos, de cómo amedrentó mi existencia todos esos meses que estuvimos distanciados.

Ahora pienso que carecí del valor de frenarte, de hacerte permanecer a mi lado, de borrar esos kilómetros que se iban a interponer entre nosotros, pero te quería tanto que me sentía incapaz de quitarte lo que durante tantos años habías anhelado. Quizás lo único que tuve fue precisamente eso, valor. El valor de quedarme sola a sabiendas de tan retorcida chantajista. Y no me equivocaba; lo cruel de todo esto es que no erraba ni un milímetro en mis suposiciones. No pasó ni una hora desde que tu avión iniciara el despegue que ya estaba llamando a mi puerta. Cierto es que la estaba esperando, pero aun así sentí que las fuerzas me fallaban y fui incapaz de ponerme en pie. Permanecí sentada en el sofá, con la infusión recién preparada entre mis manos y con el corazón latiendo a mil por hora, mientras el timbre sonaba más impertinente que nunca. Estuve tentada de abrir la puerta y dejarla entrar pero finalmente no cedí. No estaba aún preparada para nuestro encuentro. Me quedé quieta, en silencio, con las luces apagadas para que no se percatara de mi presencia hasta que finalmente se fue y yo me quedé dormida. A la mañana siguiente vi una nota suya en el buzón, recordándome su presencia. Me mandó mensajes, correos electrónicos, recibí llamadas suyas cada vez con más frecuencia, y así pasaron los días y las semanas, sintiéndome acechada a cada instante, volviéndome a cada esquina, viendo su cara en cada escaparate y sintiéndome cada vez más incapaz de enfrentarme a ella. Si te hubieras quedado Paolo, ella no habría tenido el valor de acercarse a mí. Pero tu marcha le dejó el camino complemente libre para acosarme de nuevo y no dejarme prácticamente vivir. Desde esa primera noche sentí su aliento gélido en mi nuca, y una especie de losa pesada cayó sobre mi cuerpo. Me costaba hasta caminar, miedosa como estaba de encontrarme cara a cara con ella. Finalmente decidí no salir de casa, mantuve las persianas bajadas por si se me espiaba desde la calle y desconecté la línea de teléfono. Pero ni de ese modo fui capaz de frenar su embestida ni de evitar el día en el que ella supo cómo contactar conmigo. Era domingo. Lo recuerdo especialmente porque los domingos solían ser días especiales para nosotros, cuando estábamos aun juntos digo. Te levantabas temprano y salías a correr, ¿recuerdas? Llegabas con el desayuno justo cuando yo aún me desperezaba y después pasábamos la mañana en la cama, leyendo el periódico y hablando de nuestras cosas. En el fondo da igual lo que hiciéramos, pero recuerdo que era domingo precisamente por la nostalgia que sentí de todo aquello. Estaba a punto de entrar en la ducha cuando alguien aporreó la puerta. Reconocí la voz de Dolores, nuestra vecina de enfrente, que con los años se ha vuelto demasiado charlatana y dada al chismorreo pero sigue siendo una buena persona. Decidí abrir la puerta. Me comentó lo preocupada que estaba de no cruzarse conmigo durante días, de ver todas las persianas bajadas. Pensó que quizás estaba de viaje pero escuchaba ruidos en el interior y no sabía si llamar a la policía. Logré calmarla y le di a entender que no me encontraba del todo bien y que por eso había permanecido en la cama. Cuando ya estaba prácticamente cerrando la puerta ella se acordó de algo. Hacía prácticamente una semana que una mujer le había dejado una nota para mí.
—Que despiste —me dijo, y sacó un sobre del bolsillo de su bata y lo depositó en mi mano mientras me sonreía amablemente. Me quedé helada. Habían pasado ya tres meses y medio aproximadamente desde tu marcha y ella no había cesado en su empeño. Quizás iba siendo hora de afrontar el tema. Me temblaban las manos cuando desdoblé aquel trozo de hoja. Decía así:

Estimada Candela,
Puedes rehuirme, te puedes esconder e incluso puedes tratar de hacerme desaparecer, no obstante y pese a lo paradójico del asunto, siempre voy a estar cerca. Así lo quiso Paolo con su marcha. No te esfuerces, no te alejes porque siempre te alcanzaré. Te aconsejo que te acostumbres a mi presencia, que me saludes cada mañana o te puedo llegar a hacer la vida insoportable. No te desgastes o te venceré.

Firmado: Lejanía.


*Relato dedicado a @xenbarrull. ¡Gracias por tu palabra!

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